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sábado, 25 de febrero de 2017

Nacido en Siria

Miro a mi perra y pienso en lo triste que se pondría si supiera lo que está ocurriendo una vez más, pero no lo sabe. No puedo contárselo. Su mayor preocupación es no poder abrir la puerta cuando yo no estoy. Pero siempre aparezco. Ojalá ocurriese lo mismo fuera de mi casa. La desesperación, la impotencia, la indefensión, la tortura. Nacido en Siria es una película que nuestros niños no entenderían, aun siendo protagonizada por otros niños. Un pequeño fragmento de la crueldad humana. Lo que ya vivimos en muchos documentales, lo que nos han contado nuestros abuelos, lo vivimos ahora mismo en directo siendo, una vez más, los mismos espectadores, con los ojos empañados y una mano tapando la boca, no para evitar hablar, las palabras no salen. Es imposible poner palabras a ciertos pensamientos. Es el momento de inventar vocablos, de gritar, de convertir su desesperación en nuestra desesperación por salvar a quienes les han quitado todo, a quienes han echado de sus países, a quienes han ahogado en el mar.

Los niños no van al colegio, las familias se separan durante meses, las niñas no ven a sus madres durante años, o quizás nunca más, los enfermos no tienen medicamentos, no se duchan en un mes pero no importa, comen menos de lo que necesitan pero tampoco importa, ellos realmente no importan. Algunos huidos consiguen llegar a un destino con posibilidades pero no pueden trabajar porque nadie quiere refugiados o porque no saben hablar el idioma local. Algunos necesitan alquilar una vivienda pero no pueden porque son refugiados o porque no tienen aval. Les llamamos refugiados, un nuevo colectivo, tal y como lo fueron (y como lo son) los judíos, los homosexuales, los gitanos o los negros, lo más bajo de nuestra escala social. No importa.

Los bebés lloran y nadie sabe por qué. Me pregunto si sienten dolor en su cuerpo, frío o tienen hambre. Me pregunto si lloran de horror. Me pregunto si es la consecuencia de ver llorar a su padre. Me pregunto si echa de menos a su madre o si lloran porque ya no ven a sus hermanos sonreír. Los bebés lloran pero no importa porque todavía están vivos. Las tiendas de campaña están embarradas, pero qué importancia tiene cuando has conseguido huir de la guerra. Cómo le explicas a tu hijo que los demás niños no pueden ayudarlos. Cómo le explicas que aunque haya comida en los contenedores de basura ellos no pueden comer. Cómo le explicas que aunque haya camas vacías ellos no pueden dormir. Cómo le explicas que lo peor está por venir.

Niños que trae la marea cual alga que espera en la orilla a ser recogida de nuevo para volver a su hogar. Pero estos niños no volverán. Estos niños no tienen hogar. Muchos no tienen padres. Niños que hablan inglés mejor que nuestros hijos. Niños que dibujan cabezas chorreando sangre; brazos y piernas amputados. Dibujan lo que han visto, lo que no podrán olvidar, lo que nadie quiere ver ni en el dibujo de un niño. Conozco gente que ni siquiera lo vería en una película. Niños que sueñan con monstruos. Niños que no saben que sus padres han muerto. Los niños ya no sueñan. Los niños ya no sueñan y creen que los monstruos son las bombas que destruyen sus casas, las bombas que asesinan a sus hermanos, las bombas que les dejan incapaces con tan sólo unos cortos años de edad en los que no han podido comprender nada. Ni lo comprenderán.

Son niños que desean morirse con tan solo 10 años de edad. ¿A nadie le parece esto una barbaridad? Niños que conocen los problemas que posiblemente nosotros pretendiéramos ocultar a nuestros hijos. Y sin mencionar el gran daño psicológico con el que tienen que convivir sin ayuda, sin saber cómo afrontar. Sencillamente sin poder afrontar. Y cómo pensar en el futuro de estas personas, de estos niños sin padres, a los que no hemos ayudado. Cómo aprenderán a querer si nadie les salva. Qué aspiraciones tendrán en el futuro, qué van a desear para el resto de la sociedad. Suponiendo que en ese futuro siguen vivos.

lunes, 23 de enero de 2017

Odio Madrugar

No me gusta madrugar. Bueno en realidad lo que no me gusta es tener que levantarme a una hora concreta con sus minutos concretos por un motivo concreto. Me gusta dormir hasta que yo quiera, hasta que mi yo interior decida que no quiere dormir más, por ahora. Pero es que no me gusta madrugar nunca, para nada. Otra cosa es un viaje, en este caso entran en juego otros factores como el no dormir, que ya se confunde con el deseo no de madrugar en sí, sino de tener algo que hacer tras ese insomnio de nerviosismo del bueno. Nervios del tipo de ‘me voy a subir a un avión espero que no ocurra nada extraño ni sea conducido por un piloto loco’, este tipo de nervios no se asoman por esta cabecita hueca. Son nervios del tipo ‘vamos con el tiempo justo y quiero ver muchas cosas, habrá que dormir poco’. ‘Desayuno... pateada... aflojando... bares... improvisación’. Subidón. 

Detesto madrugar porque, como lo detesto tanto, exprimo el sueño al máximo y nunca me sobra tiempo para desayunar, lo cual es algo que me encanta. Desayunar en buenas condiciones, en una terracita con un albornoz blanco, una mesa con tostadas, mantequilla, galletas, muchos tipos de galletas, frutas, quesos, cruasán de chocolate, zumo de naranja natural pero sin pulpa y café. Y una jarrita con agua. Y sin prisa, con música incluso, con gafas de sol también. Pero esto únicamente cuando no tienes nada que hacer. Cuando no tienes que levantarte a una hora concreta. Cuando no tienes que madrugar.

Odio madrugar, pero las mañanas pueden ser geniales. Por las mañanas algo dulce y el umbral de la felicidad baja a mínimos. Al igual que sube a máximos la fina capa del mal humor. Por decirlo de forma dietética. Por la mañana una buena noticia, o unas cañas, o un paseo sobre las hojas del frío otoñal. Incluso puedo ser cursi por la mañana. Un concierto, un magosto. ¡Una película! Sí, una película mañanera desayunando tostadas con mantequilla y un buen café. Mamma mía. Mantita y sofá. Por la mañana.


miércoles, 11 de enero de 2017

Paciencia

La paciencia la vendo. La envuelvo en gasas y después la regalo. Porque quiero deshacerme de ella. Porque no me trae nada inesperado y lo que espero, con paciencia, ya no lo quiero. Rogar, padecer, asentir. Ver el tiempo, meter tu vida en un paréntesis durante ese lapso visto a escala, y ampliar esa proporción a su merced. Y volver a amplificarla sin regla ni paridad. Resistir. Y continuar observando para no perder la consciencia al unísono del encuentro con la locura. La paciencia es frívola, femenina, machista. La debilidad acorazada con una diana de seda, atravesada con dardos de marfil para subir al primer puesto, para competir contra la osadía de vivir. ¿Quieres ser mi paciente? Yo no quiero.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Canción de voluntad

No me pidas que te haga el desayuno. No me pidas que aparezca cuando no estoy. No me pidas que firme lo que yo no he escrito. No me pidas soñar. No te esperaré cual perra obediente, ni te escucharé cuando me ignoras. No me pidas sinceridad.

No me pidas que cierre los ojos cuando te beso. No reclames mentiras piadosas que endulcen tus sueños. No me quedaré cuando no estás. No procures tormentas con arcoiris, no te daré un duro cuando solo tengo pesetas, no me pidas música que no sabes escuchar.

No me pidas colorear del otoño. No esperes protagonismo en esta película de terror. No me pidas que te ahogue en el mar, no lleves espigas a mí tumba, no me pidas que cocine perdices. No renunciaré a mi libertad.

No me pidas que te mire mientras me besas, que me muera contigo, que escriba el final. No me pidas que fuerce mi destino. No traigas bombones al cadáver de mi vida, no anheles mariposas en el cerebro, no existen flechas que visionar. No reclames la tela de mis bragas. No me pidas regresar.

No me pidas que escriba cada día. No ruegues silencio cuando llueve. No me muestres remiendos que hilvanar. No me pidas comprar tabaco, no me susurres bajo las piernas, no me pidas torear. No cultivaré tu idioma. No me pidas que nos matemos juntos, no me pidas arte para bordar.

No me pidas vistas de ventana, no implores terrores diurnos, no te daré ni un poco de cal. No mendigues tierra con excrementos, no supliques asilo bajo mi piel, cigarros de sensualidad. No endulzaré mis palabras, no me pidas batallas que no puedes ganar.


lunes, 5 de diciembre de 2016

Cuestiones

Tan pronto un día desvistió la necesidad de justificación que en general se le exigía en gran parte de los ámbitos en los que se relacionaba, por no decir en todos y cada uno. Tan pronto divisó esta curiosa afición, advirtió que su llegada no se debía al año nuevo, al cambio de estación, ni a los desajustes en los sistemas mundiales de gobierno. Tampoco a la reciente crisis de confianza que en general afectaba y por la cual sin embargo sí debería aplicarse, bajo su cuestionada opinión, este tipo de exigencias explicativas hacia aquellos que hacen y deshacen, dirigen y eliminan, limitan y ordenan la felicidad de muchas y ajenas vidas.

Derrotado y rendido, lo que por su boca asomaba sería cuestionado. A palabras nos referimos. Cuestionado, no entendido, indagado. La credibilidad no era su punto fuerte, problema de los ajenos, mas un agotamiento constante, un aburrimiento absoluto, un posible final, principio de otra cosa, y a quien no le guste que busque en otro sitio. La necesidad de justificación debería siempre seguir de cerca a sus reflexiones, sus seguridades, sus pensamientos e incluso las teorías ajenas que tan solo procurase nombrar. Incluso ésas deberían ser defendidas como si de propias se tratase. Cualquier conversación iniciada de forma amena, un comentario, una opinión, una reflexión, y acto seguido sin siquiera un instante de meditación, toda la prudencia contenida erupcionaría en su contra. Y vuelta a la propia defensa.

Así se repetía un tema tras otro, una persona tras otra. Sin acotar a una determinada edad, sin acotar a una señalada inteligencia, imaginación, sector industrial, ámbito cultural o psicología de la verdad. Ironías que, en ocasiones, se entrecruzan y pocas se discurren. Su mente se hallaba cansada. Agotada y agarrotada.


lunes, 24 de octubre de 2016

Reencuentro II

Miro a mi alrededor y los veo a todos. Como si mi situación fuese privilegiada. Y ahí estaba ella, después de todo. Después de tanto tiempo, después de tantas confidencias, después de creer que era para siempre. Con su novio, eso sí, pero no sentía celos. Sentía felicidad de vernos todos de nuevo, incluidos nosotros dos. Era extraño, en un primer momento me había fijado en la naturalidad de las cosas, aunque tan solo hubiese durado un instante. Quizás unos minutos, quizá menos. Entonces pensé que yo mismo podría estar acompañado por alguien, también. Aunque no lo estaba. Entonces surgió el pesimismo. He perdido. Soy el derrotado. Vamos que tontería, ni que fuese esto un juego o una batalla.

Teniendo una lamparita que dona todo cuanto pides pero por sí sola no te ofrece nada, el aburrimiento asoma. La complejidad de algunos de los cerebros que poseemos va en busca instintiva de estímulos, llamémosles así, vilmente torturados con el objetivo de conseguir la más bella de las sensaciones. El egocéntrico sentido de la tristeza, el dolor, la euforia, ira, envidia, la añoranza, la rabia o la mejor de todas. La desesperación.

Pues no. No todos nuestros cerebros o neuronas o conexiones o lo que quiera que rige nuestra vida, o permite que nuestra vida se rija, o más vale que sigamos que nos liamos en esto. No todos lo son. Los hay simples y sencillos. Durante toda la vida. No todo el mundo pensaría la gran cantidad de cosas que se pasan por mi cabeza en una milésima de instante. Durante este momento. Además de estar preocupándome por dicha misma cuestión. Puedo construir un puente hacia el pasado y cambiar nuestros roles, tan solo con la imaginación. Y ya lo había hecho. Era gracioso, divertido, irónico. No estaba mal, era una posibilidad como la presente y actual real, aunque diferente. En la mente era maravillosa, la gran auto-ayuda de la satisfacción era sin duda la imaginación. Visión mental.

Podía eliminar una parte del pasado, aquella que duró más de siete años, la que vivimos separados, la que nos hizo descubrir nuevos lugares, nuevas personas, perspectivas invisibles que jamás habrían asomado mientras nuestras mentes compartiesen esos vínculos tan costosos de romper, apartar o simplemente ignorar. Podía hacerlo, y ella también pero no lo haría. Su respeto interior era superior. Algunas veces mentiría, engañaría, iría en contra de sí misma, pero el respeto estaba ahí cuando no se le requería. Bloqueos interiores, muros de piedra levantados por nuestros egos, inquebrantables por nadie, indeseosos de nada e insensibles sobre nuestras propias emociones.

Todo seguiría igual, aquí estaríamos con nuestras vidas de siempre, sin incentivos, sin demasiado aprendizaje, sin expectativas, sin muchos horizontes que vislumbrar. Me gustaba mi posición, aquello que ahora me permitía estar aquí era parte de ellos, y también de ella. Gran parte era de los dos, aunque jamás reconociese mantener algo inocuo, inofensivo, insonoro, inocente, a medias.

Tan solo un poco de inquietud, una pizca de melancolía, un corto sueño de nuestro planeado futuro que existió alguna vez, y existirá quizá alguna más, en nuestra imaginación, a escondidas de todos y de nadie. A escondidas de ti y de mí, porque el pasado fue mejor que el desconocido futuro, aquel que todavía nos provoca miedo, inquietud y esa soledad que te acobarda impidiéndote vivir. Como lo hago yo.





Reencuentro I ...

jueves, 28 de julio de 2016

Diez horas

La mitad de una tarde y a lo sumo media noche. Previa al atardecer. En aquella ocasión salimos a conocernos, no todo lo que nos conoceremos, pero lo suficiente como para resolver un gramo de la intriga que deparará las siguientes largas y ansiosas jornadas. Pasando el anochecer y hasta el nunca llegado amanecer. Volado pero intenso como una película en aparente tiempo real, de esas que te dejan con sabor a más. A inacabado. Con un final abierto. De esas que se reconoce han terminado puntualmente pero ojalá mostrasen una segunda parte. Y otra, y otra, y otra más, la última. Porque siempre hay una última, siempre que hay primera. En el peor caso será la misma, pero eso hasta nosotros lo desconocemos todavía. Tras la escasez de hallazgos comunes en una primera impresión, la suya y la mía, y balanceando este dato con una elevada carga de interés, del cual omitimos detalles de sobra obvios, oscuros o irreales, no hicimos más que crearnos de la nada nuestros propios lazos, nexos de unión, algo a lo que podamos excusar, o ignorar, a iguales hipótesis para no descartar jamás posibilidades creídas improbables.

Se basa en el éxito. Esas diez horas durante las que no se recuerda ni el respirar habían sido, en cualquier caso, parte de una vida, la más importante o la menos, pero para el espectador, durante un periodo de su conciencia, sería la primera. Y serlo era como entender el paso del tiempo. Algo matemáticamente perfecto a la vez que distorsionado por cada cual a su disgusto. ¿Estaba la perfección en esta reflexión?

Un vaso de agua tras cinco pisos de ascenso con un entresuelo que lo hace sexto. Un gato nos observaba, cómplice de una mutua adaptación, de una red de pensamientos invencibles que sobrevolaban las sábanas, de una circunstancia que ni comprendía ni preocupaba. Pretendía recordar el final de aquella obra que no supe explicar. Preguntar cómo será nuestra vida. Rebuscar en los cajones el diario de mi infancia, las fotografías de tus recuerdos. Entregados sin pudores el tiempo se esfumaba en otra dimensión incomprendida. No parecía tampoco preocupado por este movimiento de agujas aún sabiendo que esto no se transformará en un fin de nada ni en ningún inicio aparente. Se sentía vencedor y vencido, dueño de mi liberación y preso de su juicio.

Ligera música evitaba el tan contradictorio e incómodo silencio que acostumbra a desaparecer y aparecer cuando ni por asomo se le nombra. Melancolía quizá fue el sentimiento posterior. Pero esas diez horas serán como una película. O bien las recordará hasta el fin de su memoria o bien un par de semanas, hasta el capítulo siguiente. Un viaje al pasado fuera de contexto. En otro lugar, con un deseo un tanto menos alocado, calmado, lento pero continuo.

Quizás nunca encuentre la tan ansiada definición de la perfección pero entre las cortas e intensas vivencias descritas en la sección de la felicidad, estarían estas diez horas. Y las que vendrían. Las diez horas englobadas en un deseo de convertirse en el prólogo de un lejano y prolongado cuento manteniendo un opaco antifaz con el fin de evitar divisar el final. Un gato inmerso cual pitonisa pretendiendo no ver aquello que jamás miraría desde el punto actual de la escala del tiempo, aun así lo imaginaba en su propia escala que a menudo se superaba no conociendo límites, no imponiendo normas. Tan solo el director de su propio cortometraje debería ser quien decidiera rodar, y si no fuese suficiente filmaría hasta mi séptima vida.

miércoles, 29 de junio de 2016

Un futuro de ficción

No sabía cómo hacerlo pero lo hizo. Parecía imposible pero lo consiguió. Ni en sus propios sueños pudo imaginarlo jamás y por esta razón la realidad era tan bella ahora. Más bella que jamás ninguna realidad lo había sido, más bella que jamás ninguna ficción lo habría conseguido parecer. Un presente que ni el futuro hubiera imaginado. No se trató de victorias y derrotas. No se basó en teorías filosóficas, en cuentos de hadas, en vida inmortal, en el poder de un inexistente ser superior. No se organizó. Fluyó como un virus, como una lluvia torrencial, un huracán que se llevó las fronteras, que voló por los aires la falta de honestidad; un volcán que abrasó la penuria y agarrotó el sufrimiento; una tempestad que sembró sobre la aridez, que repartió pan a la hambruna, que engulló las armas y desgarró a la ambición. Sin saber cómo ni cuándo todo cambió. La remisión del líder, el desamparo de la patria, la dimisión de la jerarquía, el destierro de la raza, el dominio de la vida. Los colores se fusionaban en el cielo con el aleteo de los pájaros; las ideologías se sosegaban bajo el oleaje de los mares. Océanos de vida, el pueblo en contra, ríos de integración y nuestro mundo a favor. Cuando la codicia se dejó vencer por el altruismo, cuando el silencio tomó la ira, cuando la expiración abolió la mezquindad, sólo entonces se cobró la conciencia y se aplaudió la belleza de la humanidad.


Venezia
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miércoles, 15 de junio de 2016

Reencuentro I

Miro a mi alrededor y los veo a todos. Como si mi situación fuese privilegiada. Como si mi cuerpo no estuviese allí sentado. Conversaban en pareja, en grupos de tres y alguno se dedica a sí mismo. Nos habíamos conocido hace años cuando aún estudiábamos, unos más y otros menos, no todos, pues asistía también quien llegó de la mano, por supuesto bien recibido y felizmente acogido. Transcurrido tanto tiempo pretendemos ser los mismos, comportarnos del mismo modo, actuar como si nuestros juveniles lazos jamás hubiesen necesitado acogerse a un proceso de renovación provocado como no por la regeneración de las modas sociales que tanto acaparan y a pocos ofenden.

Está el que osa disimular. Quizá ni el esfuerzo se permite, tan solo ha declinado estar, quien sabe por qué. Tal vez cierta imposición mental convergente en que su relación más sincera se establezca a través de conexiones hacia el exterior. De la casa, se entiende que nadie se encuentra atrapado ni forzado ante tal situación. Libres fuimos y libres seremos entre nuestros ojos a pesar de la cobardía que irónicamente genera.

Incómodo para algunos. Otros pasarían este día como uno más. Sin más ni más. Y al día siguiente habría quien comente el gran reencuentro con sus allegados y habría quien apenas lo recordaría como nada especial. Yo no estoy aquí para juzgar. Pero la filosofía ocupaba en este momento el mayor espacio en mis pensamientos, o como quiera que se mida la imaginación. Podía comprobar cómo los más insospechados continuaban poseyendo la esencia de antaño. Los auténticos. Y los demás estaban más lejos, asombrosamente imprevisibles, un tanto menos interesantes.

¿Por qué el ser humano tiende a ser menos permisivo con su mente, su imaginación y su micro mundo? ¿Por qué el papel principal y el excesivamente sobrevalorado era el racional? Que evitemos el recuerdo, la reflexión, la diversión, el miedo a poder cambiar nuestro presente destino, el desconcierto, el desconocimiento o que sencillamente pretendamos olvidar consciente y forzosamente aquello que forma parte de lo que tú has hecho, y no otro, en lo único que hay aquí presente. Era bonito, yo me sentía bien en mi gran mundo. Cambiaría cosas, arrancaría por unos instantes las preocupaciones de cada uno de ellos, y les escucharía durante horas.

Pero yo era una más. Una inyección de la droga de mi felicidad y ya podía vernos a todos de viaje, como aquel que nunca hubo, el más completo, sin ausencias y sin inquietudes. Un guión de cine que se reproducía en mi gran pantalla con una banda sonora ya pasada de moda. Un reencuentro en grandes imágenes que solo yo tendría el privilegio de observar.

domingo, 1 de mayo de 2016

Una llama que, como cualquier otra cosa, se apaga

Tan sólo era un bebé, realmente un bello bebé con el tamaño de un bebé, con todos los deditos y todos los apéndices que debería tener, vamos un bebé completo, cuando sus padres la presentaron a su primer casting. 

Ni cortos ni perezosos, sin importarles lo más mínimo su opinión, la opinión de un bebé que todavía no opina, puede que tenga o no opinión, pero no opina y eso es lo que cuenta; anotaron su nombre en la hoja de inscripción, un nombre elegido en contra de la madre de la madre, no es que me repita, o sea de la abuela del bebé por parte de madre. Mireia se llamaba, asemejaba moderno, no conocían a nadie con ese nombre, me arriesgo a afirmar que no había nadie con ese nombre censado anteriormente en el pueblo. Y por supuesto que les llamaron. Tenían el bebé más hermoso del momento. Corto cabello rubio y grandes ojos claros, entre azulados y verdosos, un tono cristalino quizás aún por definir. 

Además de su belleza, indiscutible para ninguno, era una criatura ejemplar, muchos padres hubiesen querido tener un bebé con tan buen comportamiento, en comparación con los suyos quizás solo lloraban, o gritaban, o tiraban cosas, o llamaban a mamá para estar siempre en el centro de la atención ajena. Mireia apenas lloraba o gemía, aunque era demasiado pequeña, dejaba por su paso paz, tranquilidad, armonía. 

Habría un episodio de dudas sobre la procedencia del gen masculino durante el embarazo, a modo particular pues jamás saldría fuera de la casa de esta ventajosa familia, no más lejos que a la casa de la mejor amiga de la madre, compañeras desde el colegio, a la que no podría ocultar una sospecha así por parte del hombre que, un buen día, decidió tomar su mano. Pasado este bache emocional y sacando en conclusión el equívoco o quizás el perdón, cualquiera de ambas por parte paternal, a medida que el tiempo se consumía, se gastaba, pasaba por la máquina de matar el tiempo ya caducado, la pareja acumulaba grandes sumas de dinero para su pequeña, aunque dicho de manera correcta el dinero era ganado por la pequeña. No escatimaban en gastos que relacionados con la educación o el bienestar de la ‘grande’ de la familia, he aquí la paradoja de quien poseía la capacidad de ser la más pequeña y la más grande, como quien contradice a la naturaleza siendo la más joven y la más responsable o el pilar fundamental o quien regresa con el dinero a casa como si del hombre de la familia se tratase en tiempos previos a la liberación de la esposa. Cada año se presentaba mejor que el anterior, el pelo largo y repleto de rizos imposibles, sus ojos todavía poseían la mezcla de azul verdoso cristalino, sus piernas eran cada vez más largas, aunque manteniendo las anatómicas proporciones del cuerpo humano, no pensemos en un ser con piernas de dos metros y un diminuto torso con un guisante como cabeza; y sus pequeños dientes decoraban la sonrisa perfecta, rebosante de felicidad de una niña que comenzaba la escuela primaria. 

Aquella no había sido una gran época. Aun hoy en día la recuerda con muy poco tiempo libre, rodeada de artilugios y tecnologías propias de los estudios fotográficos en lugar de estar jugando en el colegio con los demás niños normales, aunque quizás no tan perfectos como ella; niños normales, qué errada expresión, niños comunes, demasiado simple para cualquier niño; en los ratos muertos entre toma y toma los profesores particulares tomaban posesión de sus profesiones ante los pequeños especiales, por llamarlos de alguna manera que los distinga del resto de niños mal-llamados comunes, incluso también de los conocidos como especiales, cuyo adjetivo en este caso suele referirse a la capacidad mental pudiendo no ajustarse a los baremos oficiales que se marcan a cierta edad. No se pueden recordar amigos cuando, sencillamente, no se tuvieron. ¿Podrían considerarse amigos los otros niños de cara triste y sonrisa alegre con los que contados días coincidía en los rodajes? Compartían la extraña sensación de cansancio, carentes de energía para jugar, sin contextos de los que hablar. Pero definitivamente esos días sí eran recordados, y eran los mejores. 

Los años pasaron, Mireia creció, cómo era lógico y deseadamente esperado, y poco a poco fue aprendiendo a sacar provecho de su virtud. Comenzó a generar energía de dónde no existía, a relacionarse con los más próximos a su edad, aunque a sus padres no les pareciese del todo correcto, pero... ¿qué más podían decir? Mireia había sido siempre una niña ejemplar y lo seguiría siendo, salvo que ahora, además, había decidido tener una infancia para recordar. Algo que poder contarle a sus hijos o a sus nietos, a su futuro marido, si es que el destino sólo había preparado para ella uno único y solitario que, dada la angélica belleza de nuestra protagonista, sería una idea que se descarta por su fracaso; en definitiva, un pasado.

jueves, 28 de abril de 2016

Tumbada de espaldas

Tumbada de espaldas, con las manos sobre su plano vientre, sentía en él los latidos de su corazón, su respiración, la brisa movía ligeramente los pocos pelos salvajes que habían podido resistirse a la atadura, al remolino de finos hilos negros enroscados para su inmovilidad por una goma elástica también negra para su buen disimulo. Escuchaba fuertes golpes, casi acompasados, a ratos, probablemente provenientes de la pista de pádel, de alguien que no tuvo con quién compartir campo, equipo o rivalidad, alguien que se levantó esta nublada mañana de verano con la idea de no contener más aquello que puede disparar contra una pared verde y opaca una y otra vez, una rabia oculta pero visible ahora en su largo apéndice zurdo.

Observaba la inmensidad del cielo y la lejana rapidez que forzaba a las nubes a cambiar de posición. Pareciera que el sol necesitase de instantes solitarios, o quizás estuviera un poco avergonzado, distraído, cansado, o puede que sus amigas le hicieran una especie de fortaleza para protegerlo. O puede que no sean amigas y se encuentre ahora mismo luchando contra ellas para poder extender sus rayos hasta lo más lejano que su fuerza interior le permita. Prácticamente imposible ser capaz adivinar cómo piensa, cómo actúa, cómo se relaciona un ser que desconoces pero que intuyes que sus intenciones van cargadas de bondad. Oh ya están ahí la intuición y la intención. Esa perfecta percepción de la verdad evidente, tan perfecta como el inconsciente, tan evidente como la realidad. O la intención, esa determinación de la voluntad propia, tan íntima como exigida.

Dos mundos incomprensibles. Podía escuchar uno mientras observaba quieta el otro, sin atreverse a pestañear, aquel que vivía y luchaba o jugaba o lo que fuera que hiciese, ahora mismo, sobre su cuerpo, sobre un tercer mundo que sería ella misma. El único que, en ocasiones, muy pocas, liberaba el control, la energía y todo aquello que desbordaba en su interior. Uno de ellos lo conocía, le repugnaba, lo odiaba. El otro mundo… jamás llegaría siquiera a verlo de cerca. No llegaría a comprender cuan de distinta sería su vida en él, cómo se sentiría, cómo haría sentir. Parecía simple, pocos colores, pocas reglas, pocos obstáculos. Pero permanecía siempre ahí.




martes, 26 de abril de 2016

Conversando con la muerte

Una de las cosas que le causaba más ansiedad y desamparo era pensar en la muerte. No en la de sí mismo pero sí la de quien la toma y no le toca. Aquella que va en contra del orden de las cosas, del ciclo de la vida, de lo natural. El pensamiento le podía perturbar durante horas, así sin avisar y numerosas veces sin motivo aparente. En realidad sin ningún motivo, dejémonos de apariencias.

La imaginación juega, en este caso muchas veces, en nuestra contra trasladándonos a escenarios creados a partir de recuerdos desagradables, no necesariamente vividos, pero sí percibidos de algún modo. Amaba el cine y el periodismo, causas suficientes para poseer una amplia gama de ambientes y situaciones ajenas, almacenada en algún lugar de su tan trabajador cerebro.

Pero ese día llegó. El día en el que se disiparon sus inquietudes. El día que le permitió estar tranquilo. Ése era el día. Sin medias tintas, sin rodeos, apareció. Allí mismo frente a él, tan sólo esperando la conversación. Decidida a todo.

Dialogaron durante horas, que asimilaban días, dudas tras dudas, cuestiones de la vida y, obviamente, de la muerte que esta vez hablaba por sí misma. El tiempo necesario para comprender lo más misterioso que perturbaba su interior.



lunes, 25 de abril de 2016

Instantes lentos, horas ineludibles

En un tren de camino a Roma un domingo cualquiera del cálido verano que sobrevuela Italia. Repleto de gente y rodeado de un paisaje verde e giallo. Casas aisladas que transmiten calma y tranquilidad. Calma y tranquilidad envidiables. No sabría decir qué edad era la que predominaba en la carroza numero 6 pero lo que sí se podía intuir era la variedad de pensamientos que abundaban entre todas las mentes viajantes. Con bastante probabilidad mi osadía me permitía afirmar que no se daban, simultáneamente, dos reflexiones idénticas. Algunos ni siquiera serían capaces de recordar, tras el largo trayecto, dos terceras partes de sus cavilaciones. Instantes lentos, horas ineludibles.

No podía dejar pasar la extraña sensación que recorría mi cuerpo. ¿Era única? Ningún pasajero parecía admirar aquello que disponía a su alrededor. Por la ventana elementos aparecían y se esfumaban a la velocidad de la locomotora. Menos la excepcional emoción. ¿Podrían ser las emociones, sentimientos, sensaciones, criaturas intangibles que viajan de cuerpo en cuerpo? Quizás buscando un ser capaz de sufrir, padecer, lamentar, enternecer, reír, llorar, emocionar. ¿Y si dichas criaturas no pudiesen darse una oportunidad en otro tipo de organismo? Cada uno de nosotros desconocíamos ser la locomotora de los parásitos emocionales. Se suben al tren sin ni siquiera comprar un billete, sin indagar cuántos peregrinos pernoctan ya.




lunes, 18 de abril de 2016

La niña y la flor

Y con una flor en la mano, la pequeña de pelo largo, lacio y dorado como el oro, soplaba sobre los pétalos espontáneamente para comprobar cómo eran capaces de revolotearse sobre el breve viento que podía generar. Sentada y con las piernas arqueadas, de modo que sus pies quedaban prácticamente sobre los muslos de las piernas contrarias, se divertía dejando pasar el tiempo sin parar de observar. Por eso le gustaban tanto los fines de semana. Los sábados por la mañana ya podía respirar ese aire con aroma a verde mezclado con el frescor de las aguas posesas por las cimas de las montañas que rodeaban la diminuta aldea.

El sol resplandecía cercano a la serranía. Sin sus ocasionales vecinas blancas y esponjosas, lucía sin demora mas no compartía su calor como tantas otras veces había hecho. Eso no importaba. Una rebequita de lana sobre su vestido rosa claro era suficiente para permanecer inmóvil durante algo más de 80 minutos, que era el tiempo que solían tardar su padre y su abuelo en ir a la tienda a por un poco de pan para acompañar la comida. Y tardaban, no porque tuvieran que recorrer una larga distancia, sino porque debían tomar una copita antes de regresar y jugar la partida con sus amigos que, vamos a suponer, también irían a recoger el pan. Pero se trataba algo "pactado", pues también era el tiempo necesario para que la comida estuviera lista y la mesa preparada. Así de este modo floreció el momento de encontrar una tarea o un quehacer para beneficio suyo.

Era un complemento perfecto para ella. Sus pétalos blancos como su piel y su cabello rubio resplandeciente como su disco central, podrían llevar a algún fantasioso a confundirlas. Ni siquiera las parlanchinas aves que merodeaban sobre el valle conseguirían distraerla de su cometido. En realidad eran unos camaradas cantarines que paseaban por el cielo del mismo modo que salían los recién jubilados abuelos diariamente a primerísima hora. Pero eran otras edades. Eran otras vivencias -al igual que otra cantidad y variedad de las mismas- y prefería gastar sus horas, en el transcurso de lo que sería su vida, en contemplar, olisquear, escuchar, saborear, sentir.


Levantarse con tranquilidad

Y qué gusto levantarse con tranquilidad por la mañana. Preparar el desayuno, sentarse mientras curioseas las primeras noticias matinales e incluso poder encender la radio o la televisión, todo un lujo. Yo solía levantarme deprisa y corriendo y en aproximadamente diez minutos ya me habría vestido, lavado y peinado (esto último no suele ser necesario a diario) estando preparada para emprender el duro viaje hacia el curro. Por supuesto no habría desayunado ni hubiese tenido tiempo de darle más que dos caricias a la pequeñita.

Ahora todo ha cambiado. He decidido cambiar y soy más feliz. Me levanto antes pero eso sí, sin prisas, en realidad sin tan siquiera mirar el reloj. Un paseo de media hora era todo lo que necesitaba para disfrutar de la peque y para despertar mi mente en el único momento del día que permite a uno sentir una brisa fresca sobre tus brazos desnudos al mismo tiempo que el sol se atreve a salir. Quizás estando en otra época del año no dijese lo mismo. Quizás no, seguro. Creo que ella también está más contenta ahora.

Son pequeñas cosas que un día, sin venir a cuento, cambian casi sin darte cuenta y por las que ganas. Ganar sin jugar. Y no se trata de una ganancia absoluta, siempre se puede ganar más. Sin descuidar.