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sábado, 25 de febrero de 2017

Nacido en Siria

Miro a mi perra y pienso en lo triste que se pondría si supiera lo que está ocurriendo una vez más, pero no lo sabe. No puedo contárselo. Su mayor preocupación es no poder abrir la puerta cuando yo no estoy. Pero siempre aparezco. Ojalá ocurriese lo mismo fuera de mi casa. La desesperación, la impotencia, la indefensión, la tortura. Nacido en Siria es una película que nuestros niños no entenderían, aun siendo protagonizada por otros niños. Un pequeño fragmento de la crueldad humana. Lo que ya vivimos en muchos documentales, lo que nos han contado nuestros abuelos, lo vivimos ahora mismo en directo siendo, una vez más, los mismos espectadores, con los ojos empañados y una mano tapando la boca, no para evitar hablar, las palabras no salen. Es imposible poner palabras a ciertos pensamientos. Es el momento de inventar vocablos, de gritar, de convertir su desesperación en nuestra desesperación por salvar a quienes les han quitado todo, a quienes han echado de sus países, a quienes han ahogado en el mar.

Los niños no van al colegio, las familias se separan durante meses, las niñas no ven a sus madres durante años, o quizás nunca más, los enfermos no tienen medicamentos, no se duchan en un mes pero no importa, comen menos de lo que necesitan pero tampoco importa, ellos realmente no importan. Algunos huidos consiguen llegar a un destino con posibilidades pero no pueden trabajar porque nadie quiere refugiados o porque no saben hablar el idioma local. Algunos necesitan alquilar una vivienda pero no pueden porque son refugiados o porque no tienen aval. Les llamamos refugiados, un nuevo colectivo, tal y como lo fueron (y como lo son) los judíos, los homosexuales, los gitanos o los negros, lo más bajo de nuestra escala social. No importa.

Los bebés lloran y nadie sabe por qué. Me pregunto si sienten dolor en su cuerpo, frío o tienen hambre. Me pregunto si lloran de horror. Me pregunto si es la consecuencia de ver llorar a su padre. Me pregunto si echa de menos a su madre o si lloran porque ya no ven a sus hermanos sonreír. Los bebés lloran pero no importa porque todavía están vivos. Las tiendas de campaña están embarradas, pero qué importancia tiene cuando has conseguido huir de la guerra. Cómo le explicas a tu hijo que los demás niños no pueden ayudarlos. Cómo le explicas que aunque haya comida en los contenedores de basura ellos no pueden comer. Cómo le explicas que aunque haya camas vacías ellos no pueden dormir. Cómo le explicas que lo peor está por venir.

Niños que trae la marea cual alga que espera en la orilla a ser recogida de nuevo para volver a su hogar. Pero estos niños no volverán. Estos niños no tienen hogar. Muchos no tienen padres. Niños que hablan inglés mejor que nuestros hijos. Niños que dibujan cabezas chorreando sangre; brazos y piernas amputados. Dibujan lo que han visto, lo que no podrán olvidar, lo que nadie quiere ver ni en el dibujo de un niño. Conozco gente que ni siquiera lo vería en una película. Niños que sueñan con monstruos. Niños que no saben que sus padres han muerto. Los niños ya no sueñan. Los niños ya no sueñan y creen que los monstruos son las bombas que destruyen sus casas, las bombas que asesinan a sus hermanos, las bombas que les dejan incapaces con tan sólo unos cortos años de edad en los que no han podido comprender nada. Ni lo comprenderán.

Son niños que desean morirse con tan solo 10 años de edad. ¿A nadie le parece esto una barbaridad? Niños que conocen los problemas que posiblemente nosotros pretendiéramos ocultar a nuestros hijos. Y sin mencionar el gran daño psicológico con el que tienen que convivir sin ayuda, sin saber cómo afrontar. Sencillamente sin poder afrontar. Y cómo pensar en el futuro de estas personas, de estos niños sin padres, a los que no hemos ayudado. Cómo aprenderán a querer si nadie les salva. Qué aspiraciones tendrán en el futuro, qué van a desear para el resto de la sociedad. Suponiendo que en ese futuro siguen vivos.

jueves, 19 de enero de 2017

Busco un marido

Busco un marido. O una mujer. Me gustan las personas, en general las que hablan y escuchan, sin ausentar a las sordas y mudas con sus particulares modos para oír o decir. Particularmente me incomodan algunas, pocas, muy pocas. Soy una princesa. Todo lo que poseo es negro. Me gusta pintar, coloreo de rojo mis labios para marcar con sangre aquello que beso. Mis manos hacen ruido como la cadena de mi bici, como la puerta de la entrada. Oxido mis tobillos por mi forma de caminar y me gusta llevar vestidos. Mis pechos son dos mandarinas lejos de parecer naranjas. Debes llamarme princesa. Amor para no ser muy repetitivo. A menudo me huelen los pies, su tamaño no es proporcional a mi altura, y las uñas… no hablaré de las uñas. No pierdo el tiempo con lo que no me apetece. A veces no hago nada. Quiero probarlo todo. No me adapto. De vez en cuando me dejo llevar. Ocasionalmente me asocio, me aparto, me interno. Odio planificar el sexo. Podemos hacer la ruta de los bares en lugar de visitar los monumentos históricos más importantes de la ciudad a la que viajamos. Debatir sobre el precio de las camisetas de hace tres temporadas recién salidas del polvoriento armario en el inicio de las rebajas. Bucear hasta las boyas que nos separan de los monstruosos yates para pincharlos con la aguja con la que remendamos nuestras toallas. Sacar del agua tan solo los pies para que venga el socorrista y conversar sobre las medusas. Restregarnos en la arena hasta dejar atascada la bañera y embarrar la alfombra de una habitación de hotel. Entrar en un bar y pagar cervezas con billetes de caviar. No tirar de la cadena y llevarnos los vasos de plástico en nuestros bolsos repletos de servilletas de papel y monederos de cuero. Volar en tren sin pagar, de pie, entonando canciones de otros y leyendo diccionarios de idiomas que no entendemos. Salir a pescar mensajes sin contestar. Depurar el agua de los charcos y beber nieve que acompaña a la lluvia. Durmamos abrazados y peguemos nuestros culos para mear. Desconocer el ayer y planificar lo que no pasará. No quiero hacer esto sola. Busco un marido y una mujer. Llamadme princesa y os llamaré mi rey.


miércoles, 28 de diciembre de 2016

Perdida

Me encontraba perdida. Sabía dónde estaba pero no qué hacía. O qué debía hacer, ni por qué debería hacer algo. ¿Era esto la vida? Debía buscarlo. Me adentré en aquel barrio de casas y parcelas, de familias y cuidadores, de bicicletas y rastrillos. Lo busqué en el supermercado y en la iglesia, pero mi padre jamás habría orado. Al siguiente día me acerqué a los dos colegios, pero mi padre no tenía nietos. Un día después pude ver las fiestas de cumpleaños a las que mi padre no había sido invitado. Pedí un licor en el bar mientras escuchaba conversaciones de los hombres más solitarios del distrito. Solitarios como yo, pero no como mi padre, mi padre no hubiera salido solo, mi padre siempre habría paseado acompañado. En las jornadas posteriores pregunté a los perros de tres parques, tampoco habían visto a mi padre, ni un rastro de migas de aceitunas roídas por pájaras nutricionistas con crías. Quizás un gato, pero mi padre jamás habría tenido un perro enlazado a su mano. Pregunté entonces a los gatos de los tejados, pocos me respondieron pero yo necesitaba encontrarlo. Puede que fueran cincuenta o cien gatos, entre tejados y azoteas, entre parques y vedados, ventanas abiertas y balcones con enredaderas. Un poco alejados de la calle principal, se iluminaban varios clubes, tres o cuatro. Bebí unos licores averiguando que tampoco allí se había ubicado. Mi padre jamás habría sorbido licor, jamás lo habría pagado.

Semanas más tarde me impliqué en la búsqueda hogareña. Un vecindario y demasiadas casas. Llamé a la puerta de la primera vivienda. Un señor con bigote negro y pelo blanco se asomó a la puerta. No era mi padre. Mi padre nunca se habría teñido el cabello. Llamé a la puerta de la siguiente casa. No era mi padre. ¿Quién era entonces? No era mi padre y tampoco mi amigo. ¿Entonces quién era? Tampoco era mi amante. Me aproximé a la casa contigua, alguien abrió la puerta, pero no era mi padre. Qué haces aquí y dónde está mi padre. No era un amante, era un bombero que terminó siendo mi amigo. Otra residencia, ésta más grande, más gente, más puertas. Toqué el timbre en cada una de las entradas, múltiples personas, ninguna con la edad de mi padre. Alguna con sombrero, ninguna con boina, mi padre jamás calzaría zuecos. Todos los paraguas eran nuevos. Se agotaban los días, se perdía mi tiempo y mi padre… ¿dónde estaba mi padre? Ya sólo quedaba una casa, la más sombría, ruinosa y desolada. Abrió la puerta un hombre. Un hombre corpulento, moreno, con mis labios, con sus ojos clavados en los míos, con las manos dignas de un abrazo, con la boca preparada para besar, con el llanto refrenado en un corazón durante la lejanía del tiempo vendido. Era mi padre, pero no tenía hijos.


miércoles, 21 de diciembre de 2016

Pasión improvisada

¿Cómo es despertarse a su lado? Cuéntame cómo es por las mañanas. Dime si te besa o si cita sus primeros versos. Dime si puede contener sus ganas de hacer el amor. Dime si te mira o si continúa soñando. Dime si es conmigo con quien sueña. Dime si es a mí a quien susurra cuando tú puedes ser yo, cuando puede imaginarme, cuando puede pintarme con palabras, cuando puede desearme en sus delirios.

Todavía es pronto para olvidar aquella sintonía que me hacía recordar las mañanas que te despertabas a mi lado. Cuando no me quería levantar de aquel paraíso en el que podría hibernar. Un lugar en el que nada se echaba en falta, en el que todo era suficiente, en el que yo era yo y tú eras parte de mí. Me atrapas con tu pelo, me elevas y me enseñas tus garras. Haces que te sienta sobre mi piel, hueles, sigues el rastro, dejas el tuyo mientras me dices un poema. Uno de esos improvisados, susurrados, por momentos titubeante. Un poema sobre mí, sobre el universo, sobre el mundo y yo, sobre nosotros dos. También sobre nosotros dos, es nuestro momento, hazme disfrutar. Dime esos versos, respira, bésame, hagamos el amor. No dudes. Nunca abandones tu locura, no dejes de quererme, no refrenes leerme todo eso que escribes o deseas escribir. Yo lo haré por ti. Cada palabra, cada aglomeración. Disfrútalas porque no sonarán igual. Nunca expresarán igual. Es un instante, una pasión.

Porque no sé firmar cartas. O postales. Podría redactar un mensaje instantáneo que jamás leerás con el tono adecuado. Con la profundidad de las palabras con las que yo lo habría querido escribir. Esas que describen el pensamiento con el que me acuesto. Las que vuelan por mi cabeza cuando sueño. Las que tengo miedo de algún día pronunciar y que desaparezcas. Las que tu locura ignora. Las que publicas en tus poemas.

Me encanta porque estoy desnuda. Porque nada más me preocupa. Porque disfruto al cien por cien de cada roce. Puedo moverme, pensar, callar, sin prisa, sin dormir ni un instante. Que no se escape, déjame quedarme un ratito más. No hace frío, no hay viento, ni llueve, no hay sombras ni tampoco colores. Separados del cronómetro social, de los rayos de sol, de los cánones de presión. Desligados del tiempo, todo nuestro mundo bajo nuestra piel. La vulnerabilidad de la desnudez, nuestro limbo particular. Voces rebeldes, susurros sin filtros pecando por la libertad.

Cómo pudiera apartarte de mi leyenda, aparcarte sin uso, encerrarte cual sandalia en su caja de zapatos hasta el próximo verano. Cómo pudiera yo relegarte en mi olvido que no suma pozos desiertos en la insustancial meseta de caprichos vacuos.

Es este amor improvisado el que me hace temblar. Temblar del lejano frío, temblar en la cercanía de tus manos, temblar durante la incertidumbre, temblar un mar accidentado mientras ahogo la moraleja fabulosa que no encontró lugar en esta canción.

sábado, 15 de octubre de 2016

Inspiraciones nocturnas

Esta noche no te voy a retener. Esta noche no vamos a cenar, no pondré velas, ni siquiera música. Esta noche te desearé como a otras. No buscaré un rincón virgen contra el que escondernos, no dejaré la ropa en el suelo, no apagaré las luces una vez más. No te pediré nada, no exigiré, no tendré miedo de mi propia voz. Tampoco miedo de tu silencio.


martes, 10 de mayo de 2016

Y a ti, ¿te gusta la música?


- ¿Te gusta?

- Si me gusta el qué...

- La música.

- Sí. Sí, me encanta, ¿a ti?

- A mí también.

- ¿No tienes otra cosa?

- Qué pasa, ¿no dices que te gusta?

- Sí pero esto sonaba hace mil años.

- Me encanta la música de los ochenta.

- ¿Sí?

- Sí. Yo tendría que haber vivido esa década.

- Yo estuve en un concierto de los Rolling.

- ¡Qué me dices! ¿En dónde?

- En el estadio. Era muy pequeño, mis padres no tuvieron con quien dejarme.

- ¿Cuántos años tenías?

- Once.

- Mis padres vieron a Joaquín Sabina. Cuando aún tenía voz.

- Sí, cuando se despertaba en su casa con gente desconocida.

- Sí… ahí por los noventa.

- Me encanta Sabina.

domingo, 1 de mayo de 2016

Una llama que, como cualquier otra cosa, se apaga

Tan sólo era un bebé, realmente un bello bebé con el tamaño de un bebé, con todos los deditos y todos los apéndices que debería tener, vamos un bebé completo, cuando sus padres la presentaron a su primer casting. 

Ni cortos ni perezosos, sin importarles lo más mínimo su opinión, la opinión de un bebé que todavía no opina, puede que tenga o no opinión, pero no opina y eso es lo que cuenta; anotaron su nombre en la hoja de inscripción, un nombre elegido en contra de la madre de la madre, no es que me repita, o sea de la abuela del bebé por parte de madre. Mireia se llamaba, asemejaba moderno, no conocían a nadie con ese nombre, me arriesgo a afirmar que no había nadie con ese nombre censado anteriormente en el pueblo. Y por supuesto que les llamaron. Tenían el bebé más hermoso del momento. Corto cabello rubio y grandes ojos claros, entre azulados y verdosos, un tono cristalino quizás aún por definir. 

Además de su belleza, indiscutible para ninguno, era una criatura ejemplar, muchos padres hubiesen querido tener un bebé con tan buen comportamiento, en comparación con los suyos quizás solo lloraban, o gritaban, o tiraban cosas, o llamaban a mamá para estar siempre en el centro de la atención ajena. Mireia apenas lloraba o gemía, aunque era demasiado pequeña, dejaba por su paso paz, tranquilidad, armonía. 

Habría un episodio de dudas sobre la procedencia del gen masculino durante el embarazo, a modo particular pues jamás saldría fuera de la casa de esta ventajosa familia, no más lejos que a la casa de la mejor amiga de la madre, compañeras desde el colegio, a la que no podría ocultar una sospecha así por parte del hombre que, un buen día, decidió tomar su mano. Pasado este bache emocional y sacando en conclusión el equívoco o quizás el perdón, cualquiera de ambas por parte paternal, a medida que el tiempo se consumía, se gastaba, pasaba por la máquina de matar el tiempo ya caducado, la pareja acumulaba grandes sumas de dinero para su pequeña, aunque dicho de manera correcta el dinero era ganado por la pequeña. No escatimaban en gastos que relacionados con la educación o el bienestar de la ‘grande’ de la familia, he aquí la paradoja de quien poseía la capacidad de ser la más pequeña y la más grande, como quien contradice a la naturaleza siendo la más joven y la más responsable o el pilar fundamental o quien regresa con el dinero a casa como si del hombre de la familia se tratase en tiempos previos a la liberación de la esposa. Cada año se presentaba mejor que el anterior, el pelo largo y repleto de rizos imposibles, sus ojos todavía poseían la mezcla de azul verdoso cristalino, sus piernas eran cada vez más largas, aunque manteniendo las anatómicas proporciones del cuerpo humano, no pensemos en un ser con piernas de dos metros y un diminuto torso con un guisante como cabeza; y sus pequeños dientes decoraban la sonrisa perfecta, rebosante de felicidad de una niña que comenzaba la escuela primaria. 

Aquella no había sido una gran época. Aun hoy en día la recuerda con muy poco tiempo libre, rodeada de artilugios y tecnologías propias de los estudios fotográficos en lugar de estar jugando en el colegio con los demás niños normales, aunque quizás no tan perfectos como ella; niños normales, qué errada expresión, niños comunes, demasiado simple para cualquier niño; en los ratos muertos entre toma y toma los profesores particulares tomaban posesión de sus profesiones ante los pequeños especiales, por llamarlos de alguna manera que los distinga del resto de niños mal-llamados comunes, incluso también de los conocidos como especiales, cuyo adjetivo en este caso suele referirse a la capacidad mental pudiendo no ajustarse a los baremos oficiales que se marcan a cierta edad. No se pueden recordar amigos cuando, sencillamente, no se tuvieron. ¿Podrían considerarse amigos los otros niños de cara triste y sonrisa alegre con los que contados días coincidía en los rodajes? Compartían la extraña sensación de cansancio, carentes de energía para jugar, sin contextos de los que hablar. Pero definitivamente esos días sí eran recordados, y eran los mejores. 

Los años pasaron, Mireia creció, cómo era lógico y deseadamente esperado, y poco a poco fue aprendiendo a sacar provecho de su virtud. Comenzó a generar energía de dónde no existía, a relacionarse con los más próximos a su edad, aunque a sus padres no les pareciese del todo correcto, pero... ¿qué más podían decir? Mireia había sido siempre una niña ejemplar y lo seguiría siendo, salvo que ahora, además, había decidido tener una infancia para recordar. Algo que poder contarle a sus hijos o a sus nietos, a su futuro marido, si es que el destino sólo había preparado para ella uno único y solitario que, dada la angélica belleza de nuestra protagonista, sería una idea que se descarta por su fracaso; en definitiva, un pasado.

jueves, 28 de abril de 2016

Meditando teorías

Esperaba, diminuta, en su cama, correctamente sentada y con la cabeza erguida. Tal y como se le había enseñado. Entonces siente el ligero sonido del cierre de la nevera y a continuación el click del interruptor de la luz. En sentido ascendente, comenzando por las partes más inferiores en cuanto a su posición, su cuerpo se siente inquietante e inquietado de manera que sus caderas toman el control. El impulso es de tal intensidad que nada ni nadie puede frenar a la bella y testadura criatura en un momento en el que el todo se reduce a una sola cosa. Lo que termina por funcionar, unas veces de manera prematura al primer intento, es un seco, sonoro y furioso grito anteponiendo su nombre y recalcándolo con tono fuerte. ‘A la cama’, la inquietud se vuelve un temor, un desamparo, un momento de duda que requiere algún gesto de desorientación. Probablemente necesite tomarse un momento personal pero entiende que debe volver a la cama del mismo modo que antes aguardaba. O quizás acostada. O quizás se quede tan solo de pie, a una prudente distancia, observando atentamente, sin perder nada ni a nadie de vista. Ningún movimiento deberá estar fuera de su campo de visión. Estado de máxima alerta. Las piernas firmemente apoyadas y con suficiente riego de sangre como para salir disparada cual cohete que desea alcanzar un planeta de otra galaxia. El cien por cien de la concentración de Nika está ocupado por tan solo esa simple cosa, abstrayéndose de rayos y truenos, cual Isaac Newton o Einstein meditando teorías de relatividades.


martes, 26 de abril de 2016

El último recuerdo

Habíamos llegado. Tras el incómodo y aparatoso viaje realmente ansiaba este momento. Una mochila pequeña y una maleta con ruedas con lo justo para recorrer y curiosear la desconocida ciudad en la que nos encontrábamos. No necesitaba más. Allí estaba el hombrecito con el cartel que dictaba mi nombre, esperándome, descansado, tranquilo. Su cara se transformó tan pronto como yo me dirigí hacia él saludando efusivamente, como si le conociera, como si supiera quién era, cómo era, en qué pensaba. 

Con una sonrisa, de las más sinceras que me habían dirigido desde que el encargado del supermercado me agradeció la compra el día anterior; se presentó y súbito agarró mi maleta haciendo un gesto solicitante de permiso mas sin esperar respuesta. Pregunté sin descanso sobre su país, su ciudad, su gente, sus costumbres, su religión... mientras recorríamos el trayecto entre el aeropuerto y mi alojamiento pudiendo visionar por primera vez en directo las calles, plazas, avenidas, niños, jóvenes, padres, madres, abuelas. Sus vestidos, su comida, su saludo, descubrimientos contantes.

Una vez en el hotel, la maleta y algo de dinero dejaron de ser una carga. Ya lista y decidida a volver a adentrarme en los laberintos de rincones que esperaban mi visita desde hacía poco más de un par de meses. Ya liberada de mis propias pertenencias y habiéndome despedido del agradable conductor, hasta el sábado, que debería acompañarme esta vez en sentido inverso, mi corazón comenzó a acelerar. Había estado tan ocupada pensando, preguntando, buscando y observando, que no había anticipado que era el momento de encontrarme con él.

Le había conocido a través de una agencia turística. Ofrecen excursiones, actividades en grupos, visitas guiadas, supongo que me sumergí en una búsqueda para alguno de éstos servicios cuando, él se cruzó en mi mirada. Un inocente vídeo publicitario fue el culpable. Ahí aparecía, sobre un vehículo de ruedas grandes, gigantes, sin techo, navegando por el desierto más desierto que ninguno. Por supuesto no hubo lugar a dudas ante el planteamiento de invertir mis ahorros en algo así.

Me había acostumbrado a estar sola, meditando mis ideas, mis decisiones, preocupándome por mí. Ya no estábamos en aquella época en la que requería, al menos, otra opinión. Nuevas visiones, nuevo modelo. Así que decidida, le conocí. Del correo electrónico, pasamos por los mensajes rápidos hasta conocer su voz. Hablaba español, aunque los tiempos verbales erraban casi siempre en su forma, parecía que le gustase hablar conmigo.

Sólo tenía que buscar la plaza principal, una vez allí él me encontraría. Esa fue su última indicación. Y eso hice. No fue ni mucho menos complicado, las señales no abundaban en la zona, pero la escrita aparecía en casi todas las bifurcaciones bien en paredes, contenedores o carteles artesanales; aunque la marea de transeúntes igualmente desembocase en el mismo lugar de encuentro. Era un paraje asombroso, cientos de personas se movían, de un lado hacia otro, de aquí para allá, de una tienda a otra, de un trabajo a otro. Las bolsas de comida, los libros de la escuela, las herramientas de faena. Ninguno parecía siquiera verme, exceptuando por supuesto a los gerentes de los negocios más turísticos los cuales, como no, estaban ahí por y para mí.

Mi última imagen es la de un chico jóven arrastrando un carro cargado de termos de café. Llevaba gorra. A partir de ahí, esto. Es todo lo que recordaba. No soy capaz de imaginar qué podría haber ocurrido entre el último momento descrito y la situación actual. No lo sé. No puedo decir más. Supongo que ahí empezó todo.



domingo, 24 de abril de 2016

Volvoreta

Todas esas cosas que habitualmente hacían los demás niños eran los pasatiempos más aburridos que se le solían ocurrir. A la pequeña Volvoreta le divertía mucho más observar cómo otros se divertían, la organización de los equipos, las normas del juego, el nivel de intolerancia ante las posibles trampas, el líder. Desde fuera se podían captar todo tipo de sensaciones que internamente la hacían crecer, ella así lo sentía.

Sus dibujos y algunos de sus relatos no eran dignos de alguien de su corta edad. Con tan solo seis años era capaz de transmitir pensamientos o incluso vivencias ficticias de alguien con los bien superados treinta o treinta y cinco años.
Volvoreta era alegre y un poco tímida, pues al no compartir demasiados intereses con sus compañeros se hacía más complicada la labor de, como dirían los mayores, coger confianza. Algo que sólo ella comprendía. Algunos pensarían que era rara, pues poco más se puede discurrir a esas edades. Otros, quizás más imaginativos, que sus padres no le dejaban jugar con otros niños. Quizás en otras familias con hijos más problemáticos, pero no en la de Volvo. Atípica era como sus profesores la identificaban.

Su hermano mayor estaba en la Universidad y ya sólo pasaba cortas temporadas en casa durante fechas especiales o Navidad, pues en verano solía viajar, su gran pasión. La mamá trabajaba en casa diseñando joyas y tocados para fiestas, una gran profesional que además se ocupaba de las labores del hogar como la limpieza y la alimentación. Volvoreta era muy ordenada, su cuarto, su ropita y sus libros estaban siempre adecuadamente colocados en su lugar, de esta manera era rápido y cómodo encontrarlos en el preciso momento en que fuesen precisados. Díselo tú a otro pequeño. Su padre viajaba mucho. Era músico y formaba parte un grupo, con bastante éxito nacional, del cual era el principal compositor. También pintaba y alguna que otra escultura había conseguido ejecutar con sus manos. A Volvoreta le encantaba disfrutar de los momentos en los que su padre se encontraba solo ante el piano y la guitarra. Probablemente creando nuevas melodías, a veces letras... mucho más que disfrutar de un concierto en directo desde un palco de los más prestigiosos de cierto reputado auditorio del país. En cada gira no se perdían, al menos, dos de los espectáculos más importantes: el del Rey, al que asistían numerosas celebridades, y el del barrio, alargándose durante horas donde no faltaban las improvisaciones, rememoraciones de antiguos temas o incluso coreando las más famosas canciones de gran éxito mundial.

Ellos eran los únicos capaces de crear interés en la todavía demasiado joven mujercita que soñaba con libros. Libros de texto, libros de ilustraciones, cuentos, novelas, algún que otro cómic. Todos eran de su agrado. Aprendía rápido, llevando una clara ventaja sobre sus compañeros. Lo primero que realizaba cada día al regresar a casa eran los ejercicios con los que su maestra le retaba como repaso. Era indiferente si debieran estar hechos para mañana o para dentro de una semana, Volvoreta los desarrollaba en el primer instante que encontraba libre. Los favoritos los de lengua, aunque tanto le gustaban que el entusiasmo duraba casi más que el tiempo que podía emplear en el transcurso de su confección. Así es que buscaba más libros, más tareas, escribía semanalmente cartas a su hermano, en forma de email, muchas veces relatando cuentos para transmitirle los acontecimientos y vivencias que se estaba perdiendo en el barrio. Y si algún día no sentía la inspiración de escribir, dibujaba.